El pasaje de las casetas de los tranviarios

El pasaje del Arquitecto Millàs, situado en el barrio de Vilapicina y la Torre Llobeta es peculiar por dos motivos. En primer lugar, porque el terreno pertenece a sus vecinos y, por tanto, ellos mismos lo cuidan. Y en segundo lugar, porque conserva 18 de las casas que la Cooperativa de Empleados de los Tranvías de Barcelona construyó en 1925. El pasaje era la calle central de un conjunto que formaba una manzana con 32 casas de planta baja y 4 de dos plantas, estas últimas en las esquinas exteriores de la manzana, en las actuales calles de Escocia y de la Jota.

La promoción se puso en marcha, como muchas otras manzanas cooperativas de este estilo, a raíz de la Ley de casas baratas de 1911. Muchos gremios y sindicatos profesionales promocionaron viviendas para resolver uno de los principales problemas sociales de la época: el acceso a viviendas de precios asequibles. La zona de la actual Vilapicina y la Torre Llobeta eran entonces campos de cultivo de la masía de Can Garrigó, y en este contexto la Cooperativa de Empleados de los Tranvías de Barcelona decidió poner en marcha una promoción de casas para los trabajadores, muchos de ellos procedentes de Andalucía y otras partes de España.

Las casas fueron diseñadas por el arquitecto que da nombre al pasaje: Antoni Millàs i Figuerola (L’Hospitalet de Llobregat, 1862 – Barcelona, ​​1939), autor recurrente de los proyectos arquitectónicos de los tranviarios, como el antiguo edificio de la Compañía de Tranvías o las antiguas cocheras de Sants, entre otros.

Las viviendas se sortearon entre los socios de la cooperativa y los afortunados formaron una gran familia, un pequeño pueblo que celebraba las fiestas, las bodas y las comuniones en la calle. Los vecinos más veteranos aún recuerdan que estaban muy lejos del centro de la ciudad y que se alimentaban con las verduras, las legumbres y la leche, entre otras cosas, de las masías de la zona, especialmente de Can Garrigó, situada a pocos metros del pasaje.

En los años sesenta una reforma urbanística amenazó la zona, pero los vecinos se movilizaron para preservar su casa y el pasaje durante los años ochenta, y finalmente el lugar fue declarado Patrimonio Cultural de la Ciudad. El pasaje ―un paraíso tranquilo entre las calles de Escocia, de la Jota, Santapau y Malgrat― conserva prácticamente todas las casas del conjunto original, excepto un par, que se han remodelado o incluso derribado. Peor suerte han tenido las casas del exterior de la manzana, de las que prácticamente no queda ninguna, excepto las de dos plantas que forman esquina, que dan a las calles de Escocia y de la Jota.